El Mosquitero

Un bloguer-camionero. Sin más…

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Porqué odiamos a los políticos

Ayer coincidí con un conocido político de mi ciudad en un centro comercial de un pueblo vecino. El susodicho no es ni más ni menos que el tantas veces criticado por mi Josep Bermúdez. ¿Y saben una cosa? Es un tío normal. Hasta se sorprendió de que lo conociera siendo como es que pone su imagen al servicio de su partido y su fotografía en su blog, Facebook y twitter. Un tío normal que ayer iba hacia una reunión en pleno Sábado tarde para tratar un asunto relacionado con el agua. Eso dijo. Un Sábado por la tarde.

Este hecho hizo que viera desde otro prisma a los políticos y me empezara a convencer de que en realidad la culpa de que sintamos a los políticos como uno de los principales problemas de la ciudadanía reside únicamente en su incapacidad manifiesta para hacer llegar a ésta su sacrificada labor. Han leído bien, sacrificada. Ya me dirán qué calificativo debería tener el hecho de trabajar un Sábado por la tarde si no es ese…

A mi las ideas de Josep Bermúdez no me gustan. Tampoco su formación política y la reminiscencia de la que nace. Pero una vez apartadas de la foto fija todas estas cuestiones y con la sola imagen del ciudadano llano que se nos presenta como político que desea nuestro voto, deberíamos de confesar que hasta el más contrario a nuestras convicciones podría llegar a caernos bien. Al fin y al cabo no es más que otro ser humano que ha decidido dejar de esconderse tras una urna cada cuatro años y pasar a la primera línea a sabiendas de que de ahora en adelante cualquier cosa que haga o diga será de dominio público. Si eso es así, y lo es al menos por mi parte, ¿por qué tanta inquina, desafección y odio hacia otras personas que sólo han decidido dedicarse al servicio público?

Pues por la incapacidad de estos de enseñarnos su labor al resto de ciudadanos. Por su corporativismo a la hora de defenderse de casos de corrupción. Su empecinamiento en criticar cualquier cosa que venga del bando contrario. O ignorar deliberadamente las cosas buenas que les puedan llegar desde él. Cada vez que omiten un acuerdo germina más discordia ciudadana. Con cada media verdad la desconfianza. Con cada golpe de falso victimismo el odio hacia su labor.

Miramos a los bancos y los culpamos de la crisis. Miramos a los políticos y también. Los bancos no van a cambiar. Así que puede que la pelota del cambio esté situada en el tejado de los segundos. Si consiguen que confiemos en ellos, que entendamos su labor, que apreciemos su sacrificio, tal vez las cosas comiencen a cambiar para mejor.

Es cierto, hoy he hablado de un concejal de pueblo. Pero recuerden que es uno que está en las antípodas de mi ideario. Dirán que es sencillo hacer que alguien tan contrario a tus ideas te parezca persona cuando sabes que puedes coincidir con él cualquier día en una tienda de barrio. Es cierto. Pero es desde ahí y a partir de ellos desde donde está la cura para el mal de los políticos. A los de arriba se los pone desde abajo. Ni Rajoy, ni Rubalcaba, ni Cayo Lara, ni Rosa Diez nacieron siendo líderes sociales. También ellos comenzaron su andadura política como miembros de base y fueron ciudadanos como Josep Bermúdez quienes los auparon en sus respectivos partidos hasta el lugar en el que se encuentran.

Todos sabemos que el problema de los políticos, si somos sinceros con nosotros mismos, reside en que deben muchos favores a ciudadanos como Josep. Cuanto más alto se llega mayor es el coste que tienen los apoyos. Y cuanto mayor es el poder al que se aspira superior el lobbies del que se saben deudores. Ahí reside su problema. Sus deudas particulares. Las deudas que al final siempre acabamos pagando los ciudadanos.

Convicciones religiosas

Es curioso ver cómo las grandes preguntas que han intrigado a la humanidad durante milenios nos siguen hoy acechando a la vuelta de la esquina, no sólo inquiriendo a los grandes pensadores de nuestro tiempo, sino también a los vulgares ciudadanos que, apostados en las áreas de servicio mientras hacemos el descanso del tiempo de conducción en el caso de los conductores profesionales, nos vemos asaltados por otros ciudadanos cuya, parece ser, única misión en esta vida es la de predicar su credo particular.

Verán. A mi en la áreas de descanso siempre me habían asaltado los comerciales de Orbita. Ya saben, esos de los seguros de carnet de conducir. Pues bien, hace un par de semanas los que vinieron a hacerme la visita de rigor fueron unos testigos de Jehová. Y me hicieron pensar, no porque me convencieran, sino más bien porque me reafirmaron en mis convicciones. He de decir también que me sorprendieron. No alcanzo a comprender qué razonamiento los llevó a pensar que un área de descanso sería un buen lugar para convertir a otros ciudadanos a su credo.

Mi vida colegial transcurrió en un colegio de curas, en concreto en el San José de Calasanz de Algemesí. Lo curioso, o al menos lo que me quedó grabado a sangre y fuego en mi pequeña y neófita mente, es que aunque uno se haya cansado de escuchar pestes de los presbíteros, en opinión de un servidor de ustedes y basando ésta en la propia experiencia, no hay refrán más apropiado para hablar de los mismos que aquel que reza ; “de todo hay en la viña del señor”.

Al parecer yo fui agraciado con la cara de la moneda en lo referente a los sacerdotes. Los que tuve como profesores fueron excepcionales. Y tampoco me vi sometido al lavado de cerebro que tanto se les achaca. Por poner un ejemplo los Padres que nos daban dicha asignatura debieron poner un empeño supino en la historia además de en cantar alabanzas y enseñarnos el credo, el padre nuestro y demás oraciones. Lo digo porque si bien es cierto que recuerdo los días en los que aprendíamos el ave maría y las visitas a la Iglesia en Miércoles de ceniza, también lo es que me quedaron grabados a fuego aquellos en los que el Padre Jaime, el Padre Arroyo o el propio Padre Llopis se desgañitaron enseñándonos Historia de las Religiones.

De aquellas enseñanzas me quedaron claras unas cuantas ideas maestras sobre las que he estructurado mi pensamiento. Los curas, aún siendo Católicos Apostólico-Romanos, se empecinaron en que nos quedara claro un punto fundamental; el Dios del Islam, el de los Cristianos y el de los Judíos es el mismo. Con diferentes nombres, cierto, pero el mismo al fin y al cabo. La única diferencia entre las tres religiones estriba en la aceptación o no de según que profetas como mesías.

Por ejemplo, los Judíos no reconocen a Jesús como Mesías, como sí hicimos los Cristianos, y aún esperan a aquel que los ha de salvar de su yugo. Los Cristianos, como he dicho, vimos en Jesús al mesías redentor y a partir de ahí fundamos nuestra Iglesia. Los que profesan la religión Islámica dejaron correr los años y encontraron en el 622 que quien sí debía ser reconocido como mesías era Mahoma. En base a estas tres aceptaciones, la misma religión ha derivado en tres grandes religiones diferenciadas que por obra y gracia de los hombres ha degenerado en guerras, negaciones y genocidios varios. Así las cosas, hemos de reconocer que posicionarse como anti-islamismas, anti-judío o ant-cristiano es poco menos que convertirse en un analfabeto funcional ya que en cualquier caso lo que hacemos es atacar a nuestro propio Dios.

Pero…¿y los que no creemos en Iglesias? Aquí es donde entra la segunda de las grandes enseñanzas con las que me bendijeron aquellos curas. Recuerdo un día en el que el Padre Arroyo nos hablaba sobre la misericordia de Dios y que dramáticamente roló a una pregunta retórica que me haría pensar; ¿si Dios es misericordioso, cómo podría condenar a un judío por su credo si por contra había sido un hombre bondadoso en vida? La respuesta la dejó en suspenso. Supongo que ni siquiera él se atrevía a vocalizarla. A mi entender lo que nos dejó caer como si nada era que daba igual a qué Dios rezara cualquiera, la misericordia se ganaba en los buenos actos y no en los credos.

Supongo que él mismo haría extensible esto a cualquier religión que existe en el mundo. La propia película de “la vida de Pi” ahonda en este tema y nos ofrece una perspectiva muy cercana a la que nos intentaban proponer aquellos curas en la niñez; las religiones no son más que diferentes formas de contar la historia de un Dios. Y Dios mismo no es más que una invención para explicar lo inexplicable (esto es un agregado mío). No digo que no exista ningún Dios, sólo que puede que no sea ni siquiera un ser como tal. Puede que la propia existencia de vida sea Dios en sí mismo.

Los curas me enseñaron muchas cosas. Una de ellas fue esta; pensar por mi mismo.

Sin cambiar el voto

ESPAÑA HUELGA GENERAL

Supongo que ustedes como yo estarán cansados de leer interpretaciones de la pasada huelga general. Supongo, creo de nuevo, que a ninguno de ustedes les habrá cambiado el sentido del voto, que en clave electoral, estaría en juego para los partidos. Y supongo, creo por tercera vez, que es por eso por lo que el mensaje de los partidos políticos cae en un pozo sin fondo al no ser capaces de hacer una lectura similar a la que las dos afirmaciones primeras aseveran.

Hay muchas cosas en las que los partidos políticos se equivocan y una de ellas, la primordial si me lo permiten, es que no saben interpretar lo que la sociedad en las calles les cuenta y pide.

Hagamos un ejercicio supositorio como ejemplo: yo no votaré nunca al PSOE mientras éste no sea capaz de definirse territorialmente en un sentido que me agrade. Del mismo modo, votaré al que más se aproxime a lo que a mi me gustaría que sucediese. Y sabiendo como ya se que los dos, PP y PSOE, tienen la misma política económica en la cartera y el resto de los partidos se debaten entre el populismo y la farándula, el rasgo que definirá mi voto será siempre el territorial. Por tanto, estando este tema como está con Cataluña por en medio y el País Vasco en el horizonte, es evidente que éste no se decantará probablemente hacia la izquierda.

Sin embargo llega el día de la manifestación y los convocantes se sitúan con la calculadora incluyéndome entre los que están en contra de las políticas del gobierno. Aciertan. Pero acto seguido se atreven a interpretar mi presencia allí como un claro apoyo a sus propias posiciones. Craso error. Más cuando quien aquí escribe recuerda que durante cuatro años ellos no hicieron nada para cambiar el destino invariable de la deriva económica del país cuando éste iba bien, y se dedicaron a negar la evidencia cuando nuestro Titanic económico particular tropezaba torpemente contra el cubito de hielo que lo haría hundirse sin remedio en el agujero económico-social en que se encuentra en estos momentos.ç

Así las cosas habría que recordar a los políticos que una cosa es que uno se manifieste en contra de unas políticas y otra muy distinta que decida ofrecer su voto automáticamente al contrario. Se puede estar en contra de una política económica y continuar viendo a los que están en frente como los causantes de la mayoría de los problemas que padecemos. Y eso deja una lectura más que clara de lo que servidor piensa que pasó el día catorce; enfadado y desengañado sí, pero no cambio mi voto.

Pd: Yo perdí mi empleo cuando estaba Zapatero en el poder. Tuve que sufrir la complicidad de sindicatos y gobierno para quitar hierro al asunto. Viví con estupefacción cómo el PP se negaba a apoyar aquella huelga a Jose Luís. Esta semana he visto cómo, los que ayer quitaban hierro hoy ven el apocalipsis económico en ciernes. Los que no se manifestaron por mi, me piden que lo haga ahora por ellos. Para secundar sus políticas. Las mismas que nos trajeron aquí.

Pd2: No señores, ustedes me dejaron abandonado hace cuatro años a mi suerte y sólo mi determinación y la combinación con un tanto de suerte buscada lograron que saliera del agujero en que me encontraba. Si entonces no me defendieron, no pretendan que los apoye ahora. Las mismas personas de antes son las que hoy están en el paro. Las mismas a las que ayer negaron el derecho a estar enfadados y excusaron con chorradas. Esto es que lo ustedes han conseguido con su servilismo y trilerismo politiquero.

Pd3: Ahora no lloren ni llamen borregos a quienes ya nunca volverán a tragarse sus mentiras.

Desesperación bloguera

desesperación

De unos meses a esta parte el blog, éste que con tanto ahínco durante años me empeñé en mantener actualizado a diario, ha ido muriendo de inanición sin que nada pudiera hacer al respecto. La llegada de Alex, el trabajo enfermizo de camionero que ocupa todas las horas del día y la semana, e incluso el hartazgo de quien desolado ve la decadencia política en que nos hemos visto envueltos sin comerlo ni beberlo, han contribuido a que la efervescencia con que me enfrentaba a la pantalla en blanco de mi Windows Live Writter haya ido desapareciendo sin remedio.

La mesa del despacho que siempre intenté mantener impecablemente ordenada para que me ayudara a, y perdonen la redundancia, reordenar mis pensamientos antes de plasmarlos en los posts, parece hoy la viva imagen de una revolución fecal. La mesa que antaño con tanto cariño intenté mantener impoluta para convertirla en el altar desde el que escribirles las homilías que a diario salían de la cabeza de este pobre demente al que algunos de ustedes han incluso accedido a considerar como amigo o conocido, hoy se ha convertido en un vertedero leal de los “después lo guardaré” y los “déjalo ahí”. He transformado lo que un día fue canalizador de pensamientos en una simple papelera con patas.

Supongo que mucha de la culpa de que esto haya pasado la tiene el desasosiego que servidor siente cada vez que tiene que plantearse hablar de lo que últimamente sucede en este caprichoso mundo. La imagen que la política exporta por doquier y que impregna cualquier texto que tenga a bien formarse dentro de nuestras cabezas para convertirlo en una simple defecación hecha letra. La posibilidad, la terrible posibilidad, de que finalmente todo aquello que pensemos no sea más que la asunción de unas ideas cocinadas en las cavernas de los aparatos políticos, que se creen para que nosotros, pobres e ignorantes mortales, las hagamos propias desdeñando lo anterior aún sabiendo que es posible que así sea, complican todavía más el asunto.

Verán, en un complicado ejercicio de introspección, he descubierto que muchas de las cosas que pensé y escribí en éste blog hace no mucho tiempo eran sandeces nacidas de la ignorancia más absoluta. Recuerdo cuando hablamos de la dación en pago y de cómo yo creía que eso no era justo para los bancos. ¡Justo para los bancos! ¡Que guantazo me merecí cuando escribí aquellas cosas! O de cómo era bueno que ganara el PP para que los mercados, que en aquellos días eran para algunos ya tiburones carroñeros y que en mi ceguera partidista continuaban siendo sencillos inversores en bolsa, acabaran asumiendo que la llegada del nuevo gobierno contribuiría de forma definitiva a esclarecer el futuro económico del país.

He cometido tantos errores al escribir en este blog y son tan evidentes hoy en día. ¿De qué vale una opinión si ésta se basa en dimes y diretes? ¿De qué, si no está nacida del conocimiento, sino más bien de la asunción de ideas ajenas al propio autor? Quedarse huérfano de partido político es tal vez una de las peores cosas que le pueden suceder a un demócrata. Si además éste era un férreo defensor del voto la cosa se complica sobremanera. Necesitar un partido político en el que depositar tu confianza y tener que observar como zozobran todos y cada uno de los que a día de hoy están en primera línea, bien porque sus anquilosados aparatos reniegan de la renovación ideológica, bien porque la renovación se acelera de forma exagerada expulsando a sus posibles votantes al ostracismo de los que se sientes ignorados, convierte a la peor de las pesadillas que podamos recordar en un bello y empalagoso cuento de hadas.

Si además a nuestro alrededor quienes en teoría deberían ser el azote y contrapeso del poder político, los periodistas, acaban por sucumbir al alineamiento ideológico, a la pinza mental sectaria y al simple vocerismo desaforado que repite hasta la saciedad las bondades de unos y calla o medio silencia sus fallas, las ganas, la necesidad y la convicción necesarias para enfrentarse a la página en blanco que al fin y al cabo son las que dan vida a éste blog, ven mermadas sus fuerzas y acaban condenadas al olvido dando la puntilla al mismo por inanición.

Esperemos que ello no pase aquí. Yo lo intentaré al menos. Un saludo.

Treinta años de la Pantanada de Tous

Pocas cosas en esta vida han tenido en mi un impacto mayor que el que me produjo la tragedia de la Pantanada de Tous. Aquel 20 de Octubre, con mis seis años recién cumplidos, mi vida, la de los míos y las de todos los que se encontraban a  mi alrededor en un ámbito de cuarenta kilómetros a la redonda, cambiaron para siempre. Fue un año que marcó mi vida y la de los míos. Fue nuestro segundo nacimiento.

Aquel día de Reyes del año 1982, a mis cinco años y acompañado de mi hermanito Carlos de tres, decidimos hacer comprender a nuestros padres que ya éramos lo suficientemente mayores como para saber que los Reyes Magos eran ellos. Así, prestos y dispuestos, esperamos sin hacer ruido a que comenzaran a subir los juguetes por la escalera de la casa situada en el número 6 de la calle Dos de Mayo, cerca de la placeta del Cid. Esperamos pacientes a que iniciaran la última subida esperanzados, porqué no decirlo, por la idea de estar equivocados y ver aparecer finalmente a Melchor, Gaspar y Baltasar. Y los vimos, caro que sí, pero en las personas de Antonio y Mari Carmen. Fue la última noche que el comedor de casa estuvo repleto de juguetes, aunque aún no lo sabíamos, y les dimos la mayor de las sorpresas a nuestros padres. El comedor rebosaba a las diez de la noche de regalos por abrir, aunque alguno se dejaba intuir como un fabuloso coche de carreras a pedales. Había también coches de policía a pilas, ropa, fichas para montar estructuras y decenas de cosas más que inundaban un comedor repleto hasta los topes de regalos y felicidad.

Porqué no negarlo, en aquellos años mis padres disfrutaban de la vida plena que ofrece un trabajo que marchaba bien. Regentaban en aquel año, el 82, el bar de La Calandria, junto a la gasolinera que compartía nombre sitos ambos dos al final del Carrer del País Valencià. No recuerdo si en aquel entonces ya se llamaba así, pero así es como se llama ahora. Era un bar familiar que se llenaba a diario y que permitía a nuestros padres, en aquellos años de precariedad, llenar el salón de casa de regalos para sus hijos. Disfrutábamos de días de playa cuando el bar cerraba un Domingo y comíamos paellas de chiringuito mientras nuestro Seat 1430 Familiar esperaba tranquilamente aparcado al lado de las dunas de arena de Cullera a que nosotros disfrutásemos del día.

En aquellos años en casa teníamos una tele en blanco y negro que estaba conectada a un transformador independiente. Recuerdo que al encenderla lo primero que se veía era un punto negro en el centro de la pantalla que poco a poco iba haciéndose más y más grande hasta que la imagen aparecía. Eran los años en los que sólo tenían televisión en color los más pudientes. Y para nosotros, críos de cinco y tres años respectivamente, algo inimaginable y por tanto innecesario. Pues bien, en aquel año también se celebró en España el mundial de Fútbol y mi padre decidió hacer un gasto extra para poner en el bar una fabulosa Espectrum a color que situó en una de las esquinas del establecimiento, en un altillo fabricado expresamente para ella y gracias a la cual el bar tuvo aún más clientela en aquellos meses. A nosotros, en aquellos años, ni nos importó ni vimos necesidad de demandarla para casa. Teníamos todo lo que un crío necesita, juguetes, una plaza en la que jugar tranquilos y unos padres que nos querían con todas sus fuerzas.

Recuerdo también, para que se hagan una idea perfecta de la fotografía personal que intento plasmarles de aquel año 1982, que el lugar en que vivía estaba cerca de una plaza ya mentada, la de Cid Campeador, en la que convergían todas las tardes decenas de niños de entre los tres y los trece o catorce años para, en un maremagnum de griterío y disfrute sin parangón, pasar las tardes sin preocupación alguna. La plaza estaba marcada por tres árboles gigantescos, supongo que para nuestra percepción, de los que de uno colgaba un botijo que los vecinos del lugar se encargaban de llenar constantemente. Estaba colgado de forma que cualquiera de los niños mayores pudiera bajarlo para ofrecérselo a uno de los menores y sentados en los bancos los abuelos de todos hacían guardia mientras disfrutábamos de nuestros juegos sin temor alguno.

Recuerdo de aquellos años las temporadas de juegos, que no eran otra cosa que el acuerdo de jugar todos los críos con un mismo tipo de juguete a la vez. Unas veces lo hacíamos a las carreras de coches utilizando como pista una línea blanca en forma de triángulo con esquinas redondeadas que utilizábamos por tandas. Otras hacíamos estragos en las jardineras porque decidíamos que tocaba jugar con las canicas, y en concreto al guas, que no era otra cosa que jugar a colar las susodichas en un agujero excavado exprofeso para aquel día. Otros al monopatín, al fútbol y en las noches de verano con los tirachinas de pinzas de tender y gomas elásticas para matar lagartijas. Me pasaría el día contando los juegos, pero pararé aquí.

En aquellos años la verdad es que todos los vecinos conocían a todos los niños del lugar. Recuerdo que el mero echo de cambiar de calle para jugar ya era toda una odisea puesto que tanto desde los balcones como desde las sillas apostadas a las puertas de casa en que se reunían los abuelos se nos reprendía por no estar donde se suponía que debíamos estar y se nos amenazaba con decírselo a nuestros padres sin no cejábamos en el empeño de estar allí al instante. Ni qué decir tiene que hacíamos caso a la primera. Pero claro es que eran otros tiempo. Recuerdo que en aquella época antes de entrar en casa tenía que plantarme en la puerta y gritar a voz en pecho para que se me escuchase un “Ave María Purísima”, que para los efectos era el “hola” de hoy en día, y al que tenía que esperar un “Sin pecado concebida” que me permitiera cruzar el umbral de la puerta. Eran tiempos en los que cuando te cruzabas con cualquiera por la calle estabas en la obligación respetuosa de ofrecerle un “Bon día” o buenos días según quien fuese. Tiempos en los que a cualquiera que te sacara dos palmos debías llamarlo respetuosamente señor y en los que no se concebía contestación alguna a cualquier mayor que por la razón que fuese te reprendiera en la calle por algo que hubieses hecho. Años, en definitiva, en los que nos educaban no sólo padres y profesores, sino también vecinos y amigos.

Sí, recuerdo aquellos años de esplendor en los que mis hermanos y yo gozamos de una infancia perfecta, sin limitaciones y amparada en una seguridad económica que sólo una tragedia como la referida de la Pantaná podían truncar de alguna manera. Aquel día veinte de Octubre recuerdo que cogí por primera ven en mi vida a mi hermanita Mari de un año en brazos. Me sentí como el héroe de una película  protegiéndola de cualquier mal. Recuerdo asomarnos al balcón y ver pasar neveras, coches y demás objetos arrastrados por el agua calle abajo hacia nuestro colegio, Los Padres. Recuerdo el horror dibujado en las caras de los vecinos también asomados a los balcones, la desazón y el miedo reflejado en sus ojos. De la noche anterior, la del diecinueve al veinte, recuerdo angustiado el golpeteo constante de la lluvia en el tejado de casa. Para un crío como yo era como revivir el diluvio universal de las Sagradas Escrituras. Supongo que estaban igual los mayores. También recuerdo las idas y venidas de mi padre a las escaleras y ese tenebroso cantineo en que se convirtió el conteo constante del número de escalones que el agua abrazaba, dos, tres, cuatro, siete, diez…creo que llego hasta doce.

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Calle dos de Mayo tras la pantanada. Al fondo está la citada plaza del Cid y tres o cuatro casas antes de ella el número 6 que es donde yo vivía.

Cuando todo acabó salimos a la calle, no recuerdo qué día fue exactamente, pero sí recuerdo toneladas de escombros por las calles y una cola inmensa hacia unos camiones que se habían situado en nuestra placeta del Cid para repartir agua, comida y mantas para los vecinos que lo habían perdido todo. Mis padres perdieron el negocio ya que se encontraba en uno de los lugares más profundos de la ciudad y necesitaron de créditos para reflotarlo que definitivamente marcaron el resto de sus vidas. Desde aquel año he dado gracias a Dios por traer al mundo al Señor Claudio, que desde su pequeña tienda de toda la vida, fió a decenas de familias durante años pera que no pasaran hambre ninguna. Un pobre hombre que se desvivió mientras tuvo su pequeña tienda para ofrecer a sus vecinos una salida airosa y honrosa a la tragedia que un pantano les había infligido. Aún hoy de vez en cuando lo veo por la calle y me paro a hablar con él. Y siempre le he recordado el que no pasáramos hambre en aquellos años, lo mucho que mis padres han estado agradecidos a él…y porqué no decirlo, lo felices que nos hacía el que nos regalara de vez en cuando una chocolatina tan solo porque le venía en gana.

Los juegos en la plaza continuaron después de la pantaná como si ésta no hubiese ocurrido jamás. La vida siguió más ruda que antes, pero siguió que era lo importante. La comodidad de nuestras vidas se quebró. No volvimos al chiringuito de la playa a comer paella nunca más. Nuestro 1430 familiar acabó bajo el agua para los eternos y nunca más volvió a estar abarrotado el comedor en la noche de Reyes con los regalos de nuestros padres. Es más, la abuela, durante los siguientes tres años nos regaló el mismo balón amarillo de reglamento. Un balón que año tras año desaparecía a los pocos días de habernos sido regalado para volver de nuevo en esa misma noche. Hasta ahí llegó la necesidad y el ingenio de unos padres y abuelos para que las navidades, en lo posible, continuaran siendo algo bonito que nos infundiera alegría para el resto del año.

El coche a pedales de aquel año se lo llevó la riada, al tiempo que se llevaba cosas muchísimo más importantes para otras muchísimas personas. La riada, la pantanada del ochenta y dos, fue una bofetada en la cara de miles de personas que pasaron a la pobreza más absoluta y de la que pudieron reponerse gracias a las ayudas de los pueblos vecinos que mandaron camiones cargados de alimentos para aquellos seres humanos a los que una negligencia sumió en el caos y la desesperación. Y eso es lo que se recuerda en el día de hoy, la solidaridad y la ayuda que en momentos de necesidad el ser humano es capaz de prestar a desconocidos. Nuestra humanidad al fin y al cabo.

Yo crecí y me convertí en lo que ahora soy. La falta de juguetes no me hizo más desgraciado, sino que más bien me enseñó a conformarme con lo que tenía. La Pantaná del ochenta y dos convirtió parques en lodazales, negocios en ruinas financieras, alegrías en tristezas, pero también hizo una cosa buena; unió a miles de personas en la solidaridad, el compañerismo y la necesidad. Nos marcó a toda una generación. Nos hizo como somos.