El Mosquitero

Un bloguer-camionero. Sin más…

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Compañeros de viaje

Yo no se si alguna vez ustedes se han aventurado a realizar un ejercicio de observación periférica de su entorno cibernauta. Tal vez algo así como recordar a sus compañeros de viaje en sus comienzos y compararlos con el ahora que viven. Fijarse en si hacen lo mismo. Si han evolucionado en sus trabajos. O, como me ha pasado a mi, si han llegado a ver cómo lo que ustedes siempre creyeron, que escribir en un blog no servía para nada, ha pasado a convertirse en la mayor de las mentiras bajo las que sustentaron sus más básicas creencias blogosféricas.

Tal vez el único límite que ponga la red para realizar los más disparatados sueños que pueda uno engendrar está nosotros mismos. Por aquí han pasado personas que ayer no eran más que blogueros y hoy escriben libros, participan en programas de radio o disfrutan de la escritura de alguna que otra columna de periódico. Lo único que hicieron para llegar a ello fue escribir en sus blogs, hacerlo con cariño y aceptar los riesgos de ponerse una meta mayor que la de simplemente pasar el rato.

Yo sigo conduciendo mi camión, escribo cada mucho por aquí y disfruto de mis lecturas blogueras ya a través del móvil. No he evolucionado nada, aunque hay quien diría que sí, pero disfruto. Y admiro a quienes han sabido sacarle partido a escribir en sus bitácoras. En plena crisis es agradable comprobar que si uno quiere pueda darle una vuelta completa a su vida.

Uno, en su agradable visión periférica de su entorno blogosférico, se congratula de saberse acompañado por ciudadanos tan admirables. Uno llegaría incluso a repensarse lo que hace unos días declinó a través del correo. Pero uno no es ellos. Uno no es constante. Uno, en definitiva, no es capaz de adquirir ese tipo de compromisos.

Yo soy mi límite. Un límite que de momento acepto con agrado. Espero que comprendas la negativa Montse. Espero que comprendas que mi blog, el escribir en él, aún tras casi diez años de andadura, sigue siendo no más que un pasatiempo agradable del que disfruto tan solo cuando mi pequeño duerme. No evoluciono, pero me es agradable pensar que hoy por hoy tengo exactamente lo que quiero tener.

No pido más. No quiero más.

Se desgañitaban y ahora son líderes de opinión

Desde que comenzara mi aventura bloguera he tenido la sensación de que elegía mi camino arrastrado por la marabunta que me rodeaba. Mi visión del mundo blogueril se limitó por tanto a la reducida visión de una forma de revolución ciudadana con dos enemigos concretos; los medios de comunicación alineados a partidos políticos y los propios partidos con sus descomunales aparatos. Hoy en día creo sinceramente que la batalla la hemos perdido. Los periodistas que en aquel entonces se desgañitaban lanzando pestes sobre los bloguers, hoy son reconocidos gurús mediáticos de éstos y no sólo han pasado a convertirse en referencia de la opinión en este mundillo, sino que además han encabezado la revolución dospuntocerista de la mano de Twitter.

Estos periodistas hacen de los hasgtags una herramienta desde la cual conseguir más adeptos a sus particulares visiones de la opinión, convencen y transforman a sus oyentes, televidentes y lectores en voceros desinteresados de unos mensajes que les han sido dictados a la luz de una vela en un cuarto oscuro cualquiera de la tercera planta de la casa política a la que pertenecen y han logrado convertir lo que bien podría haber supuesto el fin de la mentira en la que vivimos en nada menos que su más garante seguro de vida.

Desde hace meses me cuesta un trabajo insufrible ponerme a expresar mis opiniones por aquí. Cada vez que alguien decide responder a una de mis opiniones con una retahíla de mensajes pre-aprendidos me convenzo un poco más de que es inútil perseverar en la obcecación. La mayoría dice leer varios periódicos al día. Yo no lo creo. No se puede leer El Mundo, El País, La Razón, Público o el ABC en un día y después mantener el dedo acusador en una misma dirección de forma inalterable. Es imposible que alguien que lea al menos dos de estos periódicos pueda mantenerse seguro de nada cuanto crea  que ha aprendido leyéndolos. Es utópico que el dedo permanezca perennemente acusador en una misma dirección sin que la sombra de la duda haga acto de presencia en el subconsciente de cualquiera que adopte la estrafalaria determinación de traicionar a su línea editorial con la contraria. La duda debería ser buena, sana, necesaria, y sin embargo para la mayoría supone más debilidad que inteligencia. Hasta ahí nos ha llegado la mierda.

Decía Alfred Marshall que toda frase breve acerca de la economía es intrínsecamente falsa. Yo lo creo. Cualquier frase que reduzca su tamaño para intentar ser comprendida pierde muchos de los matices que le dan forma. La economía, la política, la opinión, no se pueden contar con frases cortas que desvirtúen su significado. Han de ser largas, avezadas en su explayado, simples en su conjunción. Pero no cortas. Tal vez por eso en un principio no me gustó la herramienta del pajarito. Era demasiado evidente que la tendencia de los blogs hacia Twitter desvirtuaría su contenido hasta reducirlo a los ciento cuarenta caracteres que nunca han alcanzado para resumir más que el sonido de una ventosidad salida de las nalgas. Y la evolución de este mundillo del que me reconozco desengañado ha derivado en un silencio sepulcral en uno de sus pilares para pasar a convertirse en un sencillo escaparate de titulares al que rara vez le sigue la lectura de un artículo. El silencio de los blogs se ha convertido en un ruido estruendoso en la relampagueantes manos de twitter y demás redes sociales.

Ya no hay conversación, tan solo eco. Y el eco, como los mensajes pre-aprendidos , no es más que otro de los ruidos que debemos rehuir para conseguir permanecer informados de forma veraz y efectiva.

Panfleterismo dospuntocerista

Escribir ya no es lo que era. Antaño suspiraba por enfrentarme al ordenador. Hoy en día podrían pasar semanas enteras sin acordarme de éste rincón y ni siquiera sentiría el más mínimo remordimiento por ello. Puede que la culpa de ello sea que al final haya comprendido que la más de las veces lo mejor es callarse las opiniones propias. Dejar que los demás deambulen alocadamente por sus atribuladas idas y venidas. Comprender que por muy bien escrita que esté, mi palabra no es más que otra de las millones que habitan en este inmenso mundo.

Uno lo ve claro cuando por casualidad se detiene a leer los comentarios que acompañan las noticias de los diarios. Cuando escucha a la gente del pueblo llano expresarse en la radio y rezumar ese tufillo inequívoco a loro que exhalan con cada frase aprendida. Cuando adivina entre líneas la confesión nunca reconocida de quienes no saben más que jugar con las ideas de la ciudadanía. Es un sinsentido. Una especie de orgía de la opinión la que nos ha arrebatado la conversación que antaño conocimos y que aún hoy no alcanzamos a añorar.

La revolución de la blogosfera que hace unos años tanto cacareamos se ha quedado en una simple panfletada. No somos ciudadanos libres que opinamos sin miedo. No. Somos altavoces, copypasteadores dospuntoceristas de las ideas de los partidos, de sus medios de comunicación, de sus aparatos. Quisimos reconvertir la opinión y no hemos conseguido más que formar parte activa de la misma renunciando a la imparcialidad. No hay más que leer este blog o cualquiera que se les ocurra, todos huelen.

Recuerdo cuando la blogosfera era opinión. Hoy en día esos recuerdos se me difuminan y ya no se si alguna vez existieron de verdad.

Herramientas sociales y equivocaciones dospuntoceristas y periodísticas

El mundo entero está para mear y no echar gota. Lo dicen las encuestas que estos días publican religiosamente los periódicos, las manifestaciones que día tras día toman las calles nuestras ciudades y la larga columna de ciudadanos en paro que atiborran las oficinas del INEM. También las valoraciones de los políticos o las instituciones y la poca fe que la ciudadanía alberga ya en ellos. Da igual el color de la chaqueta que uno vista, el rechazo es insultantemente notable. El repudio, incontestable.

A todo esto hemos de añadir el factor “opinión 2.0”, que es, como bien explica el amigo Joan Boronat en su blog, nuestra conversión a tertulianos dospuntoceristas que podría resumirse perfectamente en este párrafo que a continuación transcribo:

Las redes sociales nos han convertido en una especie de ‘improvisados tertulianos’… Sí, esos personajes que saben de todo -en apariencia-, y que por una inyección de ego son capaces de dilapidar de un plumazo la reputación de quien se les ponga a tiro.

Los ciudadanos de a pie hemos perdido la perspectiva a la hora de escribir en nuestros blogs. Nos hemos creído periodistas, y hemos realizado análisis pseudocientíficos basando nuestros trabajos en resultados nacidos de defectuosas búsquedas en internet. Nos alineamos en función del hasgtag que ese día esté de moda (lo contaba Marcelino perfectamente bien aquel día en relación a los estorninos del Intermedio), nos mofamos de quienes osen pensar diferente, nos convertimos en palmeros cuando creímos ser voz de un pueblo. Un pueblo que, todo hay que decirlo, no está en internet, sino en las barras del bar.

También ahí han perdido los papeles los periodistas. Hoy es más fácil que nunca hacer un programa de radio o televisión. Basta con crear un hasgtag para creerse que el mundo habla de lo que tú. Me pregunto en cuántas de esas tertulias de barra habrá un ciudadano con el móvil en la mano. Hoy he presenciado cómo en el programa de la Campos, en pleno zapping, se congratulaban de ser tranding topic mundial. Será porque los estarán poniendo a parir he pensado, pero al momento el público ha roto en aplausos y allí se ha producido un espectáculo onanista sin  precedentes que a servidor lo ha dejado estupefacto.

Es curioso, he meditado, los ciudadanos creímos que opinar era sencillo y acabamos devaluando la profesión de tertuliano con nuestro intrusismo analfabeto. Los periodistas, por contra, decidieron hacerse interactivos y fabricar sus programas en función de lo que los hasgtags cuentan, y han acabado por devaluarse a sí mismos sin saberlo. Ni nosotros somos ya voz, ni ellos portavoces de realidad. Vivimos en la nube y en las nubes nos encontramos. Escribimos en el aire y en el aire quedan las reacciones. Los que no tienen internet han quedado relegados a la nada absoluta. Son el cero a la izquierda de la opinión ciudadana. Al menos hasta el día de los sufragios. Allí internet es menos que cero, menos uno.

Internet, o mejor dicho las redes sociales, se lo han cargado todo. ¿O a caso no habremos sido nosotros? Recuerdo al magistral Marcelino Madrigal en estos momentos repitiéndome al oído su mantra personal referente a las redes sociales; “el problema no son las herramientas, sino cómo decidimos nosotros utilizarlas”. Debemos recordarlo.

#Periodismo y #blogs

Cuando consigo atender a este blog desde la distancia, comprendo sorprendido los reparos de la gente hacia las opiniones de un tipo como servidor de ustedes. Ya saben. Un tipo dispuesto a cuestionarse a sí mismo hasta la saciedad, el aburrimiento y la petulancia. Abierto a escuchar pero sin aceptar imposiciones. Cansado de que le vendan verdades. Asqueado de quienes dicen hablar en nombre de la democracia. Impotente ante quienes en nombre de ella vociferan barbaridades. Y lo hago porque cuando me veo en el contexto en el que vivo, un camionero Español, se me escapa el motivo que pueda existir para que un tipo con la EGB como máximo título educativo se decida a escribir en un blog sobre política, periodismo y dospuntocerismo (antaño hubiese dicho blogosfera jejeje).

Verán, visto desde la barrera, tampoco yo alcanzo a ver la necesidad de dicho acto. Expresar opiniones es complicado y más que amigos uno gana enemigos. Además uno corre el peligro de caer muy rápidamente en la patanería, la simpleza y la ignorancia. Vamos que puede uno abrazarse sin darse cuenta a la vergüenza ajena que otros puedan sentir por su culpa. Pero cuando uno se reúne de nuevo con su ‘yo’ bloguer, mira el periodismo que lo rodea y atiende a la ingente cantidad de información que cualquiera hoy puede consultar, comprende que es que tal vez una profesión como la periodística haya acabado cometiendo el error de creer que tenía su posición predominante asegurada de por vida.

Cuando uno se dispone a leer varios periódicos y sin llegar a entrever sus cabeceras ya puede deducir de qué hablará cada uno de ellos basándose en su línea ideológica, comprende el porqué tanta gente diferente ha sentido la necesidad de escribir sus opiniones para que cualquiera las pueda conocer. Cuando los periódicos dejan de informar, se convierten en lavadoras de cerebros en crisis y miran con desprecio al dospuntocerismo al cual culpan de su decadencia e inviabilidad, el periodismo con mayúsculas pasa a agonizar en las redacciones y los arietes periodísticos de los aparatos políticos se agencian los puestos clave con los que dirigir a sus lacayos. Uno comprende entonces porqué opinar ha pasado a ser tan barato. Tanto que incluso quienes ni carrera de periodismo tienen se atreven a aventurarse en ese complicado mundo.

Nadie debería sentir necesidad alguna de convertirse en intrusista de nadie, pero aquí estamos. Menos, sin cobrar un duro y costándole dinero. Algo hay que hacen muy mal señores periodistas. Y ese algo lo atisbo desde aquí, la sencilla colina de un graduado en EGB, que mira a la profesión de la que le hubiese gustado formar parte decaer sin remedio. Me extraña que no lo alcancen a ver desde su atalaya ustedes que son licenciados.